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Cuarentena

jueves, 25 de febrero de 2021 por

Hace ya casi un año que el término “cuarentena” forma parte de nuestro vocabulario, sobre todo por la sobreabundante omnipresencia mediática —infodemia—, que real o imaginaria, nos guste o no, conduce e influye en los hábitos y costumbres de una nueva realidad. Lo cierto es que este escrito no tiene nada que ver con la cuarentena por el coronavirus. Sin embargo, busca promover aislamiento para el corazón y el alma, en un momento de la historia de abundante incertidumbre y miedo.

La Cuaresma, algunas veces llamada cuarentena porque dura cuarenta días, comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Domingo de Ramos, día que inicia la Semana Santa. La cuarentena alude también a los cuarenta días que Jesús ayunó en el desierto, como lo describe Mateo 4:1-11; este pasaje, durante la Cuaresma o cuarentena, ilumina nuestra preparación para la Semana Santa y así poder cerrar con broche de oro, el domingo de Pascua, la fiesta de fiestas; la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

CEmbedKen Alexander, Raíces (2013), detalle

Vayamos al desierto, procuremos silencio y aislamiento de todo lo que existe. El silencio hace fluir el alma en armonía y unidad, con la paz y el amor de Dios; orar en silencio conforta y fortalece nuestro ser para servir a los demás con amor y alegría.

Los humanos, más allá de lo físico-material, tenemos una misión espiritual. Sin embargo, la naturaleza de la carne sujeta a la gravedad del planeta, una y otra vez, nos aleja de la frecuencia armónica y excelente del reinado de Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— que le da vida a todo lo que existe.

Vivamos la Cuaresma como si de una cuarentena se tratara: un tiempo de especial aislamiento para “curarnos” de las enfermedades que nos sacuden a diario; un tiempo de introspección para examinar y detectar profundamente nuestros ‘virus’; un tiempo para no contagiar ni dejarnos contagiar por los demás.

Para entender nuestra naturaleza, nada mejor que la Biblia. En Génesis, el relato de Adán y Eva nos enseña algo que atañe a la vida humana de todos los tiempos. Comer del fruto prohibido implica ser uno mismo el autor y juez de la historia, actitud orquestada por el enemigo común: incredulidad e ingratitud. La falta de convicción y gratitud significa no necesitar de Dios (Gn 3:5), crea idolatría y adoración a un dios falso: yo mismo.

La incredulidad e ingratitud deteriora nuestra relación con Dios y su reinado: la creación, los demás y uno mismo. Ir en contra de lo que está prohibido nos obliga a justificar nuestra conducta, pero si algo falla o nos descubren, echamos la culpa al otro. Adán no solo echa la culpa a Eva (Gn 3:12), sino que muestra a Dios como culpable por haberle dado una compañera.

Vivamos la Cuaresma como si de una cuarentena se tratara.En la Biblia hay muchos ejemplos de incredulidad e ingratitud y sus consecuencias: Caín mató a su hermano Abel (Gn 4) por envidia; el diluvio universal (Gn 6) resultó de la indiferencia e individualismo de la población; Babilonia y su torre de Babel (Gn 11) representan el orgullo y soberbia del hombre; a Abraham y Sara (Gn 18) Dios les prometió un hijo, pero ellos se impacientaron y utilizaron a su esclava egipcia; David teniendo todo (2 Sam 11) hizo suya a Betsabé y mató a su marido, etc.

Dicho esto, es imprescindible reconocer que el Hijo del hombre —como Jesús se proclamó a sí mismo— es el único que ha logrado vencer la incredulidad e ingratitud, de ahí la relevancia de meditar en silencio las siguientes palabras de Jesús en Mateo capítulo 4, versículos 4, 7 y 10 respectivamente, durante los cuarenta días que pasó en el desierto, antes de comenzar su ministerio:

“No solo de pan vivirá el hombre, sino también de toda palabra que salga de los labios de Dios.”
“No pongas a prueba al Señor tu Dios.”
“Adora al Señor tu Dios y sírvele solo a él.”

Por último y siempre, meditar las palabras de Jesús en Lucas 22:42, antes de su captura y crucifixión:

“Padre, si quieres, líbrame de este trago amargo; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
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